martes 20 de octubre de 2009

Preludio de luna negra- un relato de Samhain



Arrastrada por el aullido de un viento lastimero, con timbre grave y lúgubre melodía de ecos moribundos, atravieso los límites de un sueño agitado bajo un manto nebuloso de sombra y plata. Una violenta corriente me hace cruzar hacia el interior del cerco, desequilibrando mis pies y mis sentidos, sin opción a recular o resistirme a las visiones que aparecen ante mi. Quedo de rodillas entre los límites del Bosque del Eterno Verano y la gruta chispeante donde aún dormita el Herrero. La noche ya ha caído. Tan sólo restan jirones de nubes rojizas danzando y salpicando la inmensidad de un firmamento sin estrellas.

Me percato de que estoy en la encrucijada de un cruce de caminos. Por la izquierda, entre los árboles, se escucha el toque de un cuerno al que sigue, a paso lento, una especie de cortejo fúnebre con linternas de colores, de esbeltas figuras y rostros lánguidos, vestidos con largos y elegantes ropajes. Su rey va desarmado, tendido sobre un lecho de ramas y hojas marchitándose. Sus cabellos dorados parecen haber perdido su brillo y sus ojos entornados quedan suspendidos en el infinito del horizonte, con un matiz de tristeza y resignación. Me intento acercar hacia él, unirme a ellos, pero me cortan el paso y me empujan hacia el lado derecho, a las profundidades de una cueva oscura donde miles de pequeños ojos sanguinolentos observan cada uno de mis gestos.

Oigo un crujido en el fondo de la gruta y el suelo tiembla ligeramente bajo mis pies, como si se levantara un ejército de guerreros del interior de la tierra. Encuentro unas marcas, como de garras y pisadas desdibujadas ante mi. Me acerco despacio, casi agachada, gateando, con un repicar vacío en mi pecho, y descubro una especie de túmulo excavado en la roca. Veo brillar unos ojos animales, pardos, intemporales. Una gran sombra se alza con un gruñido gutural. Bajo la vista y retrocedo hasta una pared escarpada y puntiaguda, donde espero acuclillada conteniendo el aliento. Decenas de seres se retuercen en sus escondrijos y asoman entre las rocas, contemplando a su viejo amo. Él se vuelve hacia mí y me tiende una especie de mano de hierro, en forma de hoz. Insegura, trazo mi marca con el pulgar, sin aceptar nada de lo que me ofrece. Emite un sonido similar a un bufido, aunque luego me parece una risa tétrica. Su séquito se pone en formación. Dos de sus guardias me arrastran hacia el exterior.

Tornamos al cruce de caminos. Las dos cortes se encuentran. Se detienen una frente a la otra con gran solemnidad. Los dos señores dan un par de pasos al frente y se colocan en el centro de la espiral. Erguidos y orgullosos, se sostienen la mirada y todo queda en silencio, hasta que el más brillante agacha la cabeza vencido y le da la espalda, iniciando la marcha junto a sus súbditos. Contemplo la escena quieta, desde el lado de la oscuridad, pero todo me parece estar girando más y más deprisa, en sentido inverso, alcanzando una gran velocidad. Al ver partir al otro, me invade una gran tristeza. Me zafo de mis captores y me despunto de las líneas formadas hasta tirarme a los pies del Señor del Verano, sollozando. Le ruego que no se vaya, que no me abandone y me deje sin sus dones, que lo necesito para que él sea el testigo de la muerte de mi matriarca porque no soportaré el frío del invierno si su hermano la reclama. Se vuelve y me mira con condescendencia, pero también con impotencia.

No está en mi mano- me susurra- La rueda ya ha girado

Con estas palabras me despide y yo quedo a merced del Señor del Desgobierno. Emito un grito desesperado que resuena débil en la colina. Quiero correr pero los pies no me responden. Paralizada, recibo el toque gélido del nuevo amo de los mundos.

Tú ya eres parte de los de la noche y me perteneces- sentencia

Un halo de oscuridad y densa niebla lo empaña todo. Camino a ciegas, bajo su atenta vigilancia.