lunes, 15 de febrero de 2010

El último aniversario


Nos encontramos una tarde de carnaval junto a un mundo de fantasía. Apoyada contra una pared y encapuchada cual pícara de juego de rol, leía un libro de ciencia ficción y, de cuando en cuando, levantaba la vista con curiosidad, observando a los transeúntes. Mi mente, en sus furtivos análisis, buscaba un rostro diferente entre aquella marea, el sonido de unos pasos tímidos y el brillo inesperado de unos ojos otoñales que cambiaron el color de aquella primavera emergente.

Tu voz sonó débil y cálida, como una campana de bronce y cristal. Nuestras miradas se cruzaron cómplices y correspondí aquel recibiento con una tímida pero afectuosa sonrisa. Siguiendo el protocolo, nos dimos dos besos, aunque yo hubiera deseado darte un abrazo. Con otra sonrisa, me tendiste una carpeta negra con una portada en letras sanguinolientas, sellada con tu firma. Mi corazón se paró y se aceleró en un mismo segundo, recibiendo con entusiasmo y cierta sorpresa tu presente. Éramos dos extraños en una ciudad llena de rostros ajenos a su verdadera esencia, pero nosotros nos fusionamos en palabras muy cercanas y autóctonas, mimetizándonos con los elementos e incluso con el tiempo.

Tras un paseo de reconocimiento, nos sentamos a tomar un té en aquel bullicioso boulevar. Hablamos de música, de literatura y filosofamos sobre el mundo. La puesta de sol nos llevó a buscar el abrigo de calles antiguas y discretas. Pensé que te limitarías a acompañarme educadamente a mi destino después de toda una tarde esquivando mi mirada, pero me propusiste ir a cenar.

Durante aquella cena, me decidí a retarte en duelo para poder perderme en tus ojos con una licencia válida. Gané la primera batalla de cara al público, pero tú ganaste una guerra íntima, encendiendo una chispa de amor adolescente. Como muestra de mi rendición, te entregué simbólicamente un pedazo de eternidad para que fuera tu talismán y te guardara del sufrimiento. Lamentablemente, esa cruz de vida se ha convertido en una guadaña de muerte, en contra de aquel deseo noble que, bajo otra forma, sigue latiendo en mi mente y en algún rincón de mi alma.

Con una revancha pendiente y una promesa de reencuentro, volvimos a vagar entre las sombras de los viejos muros de la ciudad. Cada vez caminábamos más juntos. Parecía que una suerte de imán nos llevaba inevitablemente a tocarnos. Finalmente nos paramos ante la puerta del hostal. En la semi-oscuridad, se hizo un tenso silencio y nuestros ojos crepitaron con un deseo cruzado. Mis labios buscaban los tuyos, pero en el último momento dudaron y optaron por la prudencia de dos besos que se perdieron en un eco enmudecido. Cerré los puños para no cogerte de la mano y llevarte conmigo y ,con una tímida sonrisa, me despedí y corrí a refugiarme en el interior del edificio, no sin percatarme del interrogante que afloró en el reflejo de aquel otoño infinito.

Una vez en la habitación, me apoyé contra la pared con un suspiro, abrazando la carpeta contra mi pecho. Seguidamente, empecé a devorar las páginas que contenía sin atender al reloj hasta llegar a la última línea. Me dormí con una sonrisa en los labios y la esperanza de despertarme con un mensaje tuyo. Sin embargo, la respuesta que yo anhelaba, llegó demasiado tarde. O tal vez en el momento justo, quién sabe, pues la misma playa en la que te esperé, desesperando, se convirtió después en el escenario de nuestra primera luna llena juntos, en la culpable de aquel primer "te quiero".

Hoy te escribo desde aguas bien distintas, aunque con la misma melancolía que me acompañó aquella tarde en que apagaste el movil para no enfrentarte a una despedida diferente. Como entonces, la impotencia de una comunicación truncada, me lleva a buscar vías alternativas para hacerte llegar mi último mensaje: gracias por haberme dado la oportunidad de conocerte, de amarte y de aprender a tu lado.

1 comentarios:

Bolzano dijo...

Precioso. Casi no tengo más que decir, bueno sí, que me gustaría que las cosas fueran, simplemente fueran, pues os estimo a los dos un montón.

Si es un guante el que se lanza: RECOJELOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO.

Un abrazo.