sábado, 26 de septiembre de 2009

El camino de las hijas de Mari - parte 1

Una calurosa tarde de finales de agosto, tras una intensa mañana entre fogones, trastos viejos y útiles de jardín, Matilde y su nieta se sentaron a tomar la fresca en una de las salitas interiores de aquella casa vieja y silenciosa, guardiana de secretos. Mientras servía el café, María suspiraba aliviada ante la posibilidad de hacer un descanso. Su abuela, a pesar de rozar los 90, era una mujer enérgica, recta, dominante y meticulosa, que no toleraba un ápice de pereza ni la transgresión de las viejas costumbres. Sólo existía una manera correcta de organizarse y llevar a cabo cada tarea y la única forma de apropiarse de esa sabiduría era por observación y cooperación progresiva. Intentar saltarse cualquier paso o tomar el control sin un permiso expreso traía consigo una oleada de reprimendas y correcciones ante las cuales ni el más templado podía responder sin exaltarse. No obstante, María intentaba desafiar sin éxito ese poder para ganar un poco más de independencia y afianzar su posición como mujer dentro del hogar. Su abuela le insistía una y otra vez que tuviera paciencia porque ,aunque ella creyera que ya lo sabía todo, no estaba preparada aún para abordar las responsabilidades de una etxekoandre, una verdadera ama de casa y representante de Mari.



-Basta, no me sirvas más que parece que vamos a desayunar otra vez...
-Pero amama, sólo te he servido media taza...Hoy has trabajado mucho y tienes que reponer fuerzas.
-Ya he comido bastante. Haz el favor de traer el azúcar, anda...¡Y no te olvides de poner en remojo el cazo y cerrar el butano!
-Sí, ahora va...Aquí tienes...¿No me dejas fregar a mí hoy?
-Ni hablar. Ya me recogerás los cacharros y barrerás la cocina. Ahora siéntate, que se va a enfriar.

María resopló y, una vez acomodada, bebió un sorbo para tragarse sus palabras y evitar discutir. Matilde, al verle la cara, intentó suavizar la situación.

-Hija, mientras pueda hacer estas cosas, déjamelas hacer. Cuando no pueda, te pediré que me releves. Ya tendrás tiempo de ocuparte de la cocina y de la casa...Yo no he parado de trabajar desde que me casé.
-Pues por eso mismo, te mereces un descanso. Pero eres una cabezota.
-Las dos lo somos- sonrió- Y tú además tienes un genio "colorao", igual que tu abuelo, aunque a los cinco minutos se pasa. Lo sabré yo...
-¿Querías mucho al abuelo, verdad?
-Era el hombre más bueno y trabajador del mundo. Además se desvivía a sus hijos. Supo cómo educarlos. Y a mí siempre me respetó. Nunca cuestionó mis decisiones. Todo lo que yo hacía, estaba bien hecho. Lástima que no pudo disfrutar más de esta casa...
-Imagino que debió ser mucho más grandiosa cuando él vivía...
-Sí...- respondió con nostalgia- Esta casa ha dado mucho trabajo pero nunca nos ha faltado de nada. Disponíamos de una buena huerta, con verduras de cada temporada. Luego, con el par de lechones que matábamos, no había escasez de carne en todo el año. Aunque también comíamos pollo, conejo y, de cuando en cuando, algún cabritillo.
-¿Y ordeñabas a las cabras? ¿No dicen que la leche es muy fuerte?
-Ordeñaba a las cabras y a la vaca. Eso que dicen de la leche de cabra es una tontería. No veas qué buenos eran los calostros que sacábamos cuando paría. Con esa leche no te corrían las tripas. Eso sí, había que hervirla bien hasta que humease. Ya no sólo por los gérmenes, sino porque así ahuyentas la enfermedad y la desgracia.
-¿Cómo es eso, amama?
-Son costumbres de antes, cariño.
-Ya...- contestó pensativa mientras recordaba las leyendas en torno a las lamias y otros espíritus del hogar en las cuales se ofrecía pan y leche a cambio de mantener el equilibrio natural.
-Y hablando de costumbres...¿Ya le dijiste a tu madre que me trajera una barca de tomates, otra de pimientos y otra de melocotón para hacer la conserva?
-Se lo dije, pero no sé si lo habrá preguntado en el mercado. Si no puede ir ella, iré yo, ¿de acuerdo?
-Bien. Hay que acabar la conserva antes de las fiestas de la virgen.
-¿Vas a hacer hojas de parra de postre?
-Creo que este año no, o si hago, sólo unas pocas. Ya casi nadie viene...
-¿Y unas garrapiñadas? Ni que sea una sartén, anda...
-Mis manos están viejas para pelar y cascar almendrucos, mi niña.
-Puedo pelar y cascar por ti, como cuando era más pequeña y te cansabas, ¿te acuerdas?
-Tu madre guarda unas cuantas peladas, ya veremos qué podemos hacer- sonrió de nuevo.
-Y cuando sea invierno...¿me enseñarás a hacer punto? Aún no he conseguido aprender...
-Hay que practicar mucho, no desesperes. Las jóvenes de ahora tenéis mucha prisa porque os salga todo a la primera. Aparte, tejer es un arte que no debe tomarse a la ligera, ¿me oyes?- respondió torciendo el gesto y poniéndose seria.
-Sí- asintió María con respeto.
-Bueno, ya va siendo hora de acabar de recoger la cocina, ¿no te parece? - dijo guiñándole un ojo con complicidad.
-Me gusta hablar contigo y que me enseñes cosas, aunque a veces me riñas.
-Es parte del proceso. No me lo tengas en cuenta. Todo lo que hago es por tu bien. Puede que no lo comprendas ahora, pero lo agradecerás cuando yo me vaya al otro mundo.
-No hables de la muerte, amama.
-La muerte es una parte más de la vida, cariño. Los animales mueren para darnos de comer a nosotros y nadie se escandaliza. Somos parte de un ciclo, igual que ellos. Debemos aprender a aceptar lo que venga sin dejar de trabajar por lo que queremos conseguir y dar gracias por lo que cosechamos. Así fue y así debe seguir siendo.
-Ya no se hacen la cosas como antes.
-La forma no importa, sino lo que hay debajo. Los valores verdaderos que lo sustentan. Eso es lo que no debe cambiar.
-Pues eso también está cambiando. La gente ya no se preocupa de estas cosas ni de lo que le pase al vecino.
-Lo que hagan los demás no debe importarte. Tú sabes lo que es correcto y puedes elegir no comportarte como ellos. Eso sí, ante todo, sé prudente y hospitalaria, aunque no te devuelvan esa generosidad. Tarde o temprano esa justicia y esa abundancia retornarán a tus manos. ¿O acaso has visto que a tu abuela la desprecien en el pueblo o le falte algo?
-No, claro que no.
-Los actos crean el renombre y la memoria hace el resto. Así que acuérdate de las buenas lecciones de los que te precedieron y honra su legado- concluyó levantándose de la mesa con las tazas en la mano.
-Así lo haré, bajo mi cuenta y riesgo- respondió besando a su abuela con ternura.

Concluidas las labores, la señora de la casa se fue a recostar y la joven salió a pasear con su libreta de apuntes bajo el brazo. Al ocaso, se sentó bajo un sauce contemplativa y se puso a redactar las enseñanzas centrales de su abuela, junto a sus propias reflexiones en relación al papel de la mujer en la sociedad y la evolución de su propia vida, atrapada entre éticas y modos de hacer contrapuestos que la estaban obligando a posicionarse sin ofrecerle la oportunidad de crear vías alternativas.

Aquella presión sutil la abrumaba terriblemente. Además, últimamente sentía como si una fuerza poderosa e invisible la estuviera empujando a un camino nebuloso y sin retorno, de cambios rápidos e incontrolables, que la alejaban cada vez más del mundo que conocía. De nada servía programarse nuevas metas y planificar las etapas de un nuevo recorrido: surgían imprevistos, cada vez más surrealistas, que fraguaban sus intentos y hacían menguar sus fuerzas. Así que, o se dejaba llevar por aquella marea, o de lo contrario se sumergiría en una espiral sin fin.

Con estos pensamientos rondando por su cabeza, emprendió el camino de regreso con la luna asomando a sus espaldas. Sólo se detuvo un momento en un cruce de caminos para dejar una moneda de cobre y deleitarse de nuevo con el embrujo de las montañas del norte, cuya visión avivaba cada vez más la nostalgia por un pasado fragmentado y la necesidad de perderse por los mágicos parajes gobernados por la Dama de Anboto, protectora de sus ancestros.

4 comentarios:

Vicent dijo...

Precioso relato entre costumbrista y filosófico,

Bolzano dijo...

Has bordado la conversación entre la abuela y la nieta. Tiene un ritmo muy vivo, además de aportar enseñanzas de otros tiempo.
Me ha encantado, supongo que porqué veo que comienzas a recorrer parte del Camino que decidistes emprender y eso pienso que te hace feliz.

Sigue caminando. En el Camino nos vemos.

PD: Creo que Toti estaría contento con este relato, jeje.

Un abrazo.

Andreu Romero dijo...

Pues si, precioso relato. Y me lo parece más aún porque conozco a las protagonistas :) La fuerza de la abuela es indomable, y la nieta, por muy vital que sea, no tiene nada que hacer. La hierba joven no es rival para el gran árbol sabio, jejeje ;)
Vull més! Vull més!

Sonia dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.