Mi regreso a mi tierra natal me ha proporcionado esta segunda visión del mundo. Hace años, cuando era niña, me encantaba escuchar el canto de la naturaleza , perderme por sus recovecos y tratar de descifrar sus secretos, ajena a los prejuicios de la racionalidad. Una vez me volví adolescente, desterré aquellos hábitos y costumbres “románticas” y “fantasiosas”, renunciando a una parte de mi propio ser, pues deseaba pasar desapercibida ante una sociedad que no entendía del todo ,pero a la que forzosamente me debía adaptar para sobrevivir. Durante este último año de solitario recogimiento en Girona, he vuelto a enraizarme al territorio y me he esforzado, en la lejanía, por conectarme con los restos de mi pasado y las enseñanzas de los que me precedieron. En este ambiente, he encontrado cierta paz y consuelo y he reorganizado mis prioridades. He tenido la oportunidad de quedarme, pero no lo he hecho porque algo en mi interior me ha convencido de que ,si no me reconcilio con mi pasado, no podré comprender del todo mis posibilidades presentes ni cambiar mi futuro en la dirección adecuada.
Al llegar a Errioxa, me encontraba inquieta y desubicada. No sabía por dónde empezar. Una tarde, agobiada de escuchar mis propios pensamientos, me eché al monte de camino al pueblo vecino, donde buena parte de mi familia materna está enterrada. Al poco de salir de los límites de la villa, nubes negras empezaron a amontonarse a los lados del camino y largos rayos cruzaron el horizonte, desafiantes. En media hora, asomaron las primeras gotas y los truenos resonaron sobre mi cabeza. Tuve la ocasión de echarme atrás; sin embargo, mi voluntad de cumplir con la ruta y misión que me había propuesto fue más fuerte que el miedo.
Tal y como había previsto, la tormenta se intensificó y empezó a caer granizo, cada vez más fuerte y persistente. Apenas podía divisar el horizonte desde ningún ángulo debido a la densa cortina de niebla y lluvia que tapaba las recias y altas montañas que me rodeaban. En un determinado momento, orgullosa y algo molesta por la ironía de la situación, les grité a Mari y Urtzi, dioses de mis antepasados, exigiéndoles que la tormenta cesara. Como os imaginaréis, no ocurrió tal cosa. A cada paso estaba más empapada y mi silueta se iba difuminando más y más hasta sentir que era una con la lluvia. Fue una verdadera catarsis. Me sentí purificada, renovada, con energía. Me eché a reír como una niña traviesa y me puse a cantar en euskera dando saltos por el camino. Cuando estaba a punto de llegar a mi destino, la tormenta amainó y contemplé a lo lejos los cipreses que custodian los restos de los míos. Entonces, se me escapó un suspiro de esperanza y di gracias por haber regresado a ellos. No obstante, no llegué a entrar al cementerio, pues el padre de un viejo amigo de la infancia me vio antes de llegar a la rotonda desde el coche y me devolvió a casa para evitarme una pulmonía casi segura. Igualmente, supe que había concluido la primera etapa de un nuevo viaje cargado de anécdotas.
Durante los días siguientes, retomé mis estudios genealógicos, yendo de pueblo en pueblo en busca de cualquier resto mortal, monumental o escrito que me hablase de su historia y de mi herencia familiar. Me encontré con varias dificultades y lagunas de información fruto de la indiferencia hacia lo antiguo. Aquello me llenó de rabia y melancolía ya que deseaba volver a recordarlos y a honrarlos como se merecen. Me negaba a admitir que una parte importante de su sabiduría había quedado para siempre enterrada en el olvido. Sin embargo, cuanto más atrás quería ir en el tiempo, más evidentes y crueles eran las huellas de ese olvido consentido.

Los antiguos lugares, ya no sólo de mi familia, sino de la cultura de esta tierra, están perdiendo su magia. Una magia con una idiosincrasia territorial e histórica, pero también con un nexo en común que da coherencia al carácter de sus gentes y sus costumbres, unidas (aunque débilmente) a su suelo y a la vida que habita en él por un pacto de reconocimiento, respeto e intercambio de necesidades básicas. Empero, dicho pacto dejó de ser efectivo en el momento en que se dejaron de recordar las viejas formas. La prueba de ello es que la riqueza y el esplendor que caracterizaron esta tierra durante siglos (como es el caso de muchas otras) desaparecieron. El progresivo desarraigo hizo el resto y el olvido llegó de la mano del saqueo indiscriminado y el libertinaje.

Sin embargo, la tierra aún tiene memoria y no deja de llorar, reclamando un poco de dignidad por parte de unos pocos que aún somos sensibles a la realidad más allá de identidades falsas e intereses políticos de los cuales sacan ganancias unos pocos. Mientras tanto, el pueblo llano se conforma con unas migajas idealizadas y deja de pensar en lo que verdaderamente le hace falta: el calor de un hogar; la plenitud de un territorio que les siga brindando sus frutos abundantes; el abrazo y apoyo de las personas cercanas que conviven con cada individuo y que algún día también necesitarán de la generosidad y hospitalidad de sus vecinos. En definitiva, se ha perdido la visión holística y tribal que soportaba el equilibrio del mundo. De ahí que hayamos entrado en una crisis, no sólo económica o ecológica, sino también humana.

Con este discurso no pretendo defender el primitivismo, ni exaltar el comunismo ni el nacionalismo: tan sólo llevar a una reflexión sobre aquellas cosas del pasado que ayudaron a abrir nuevos caminos sin perder un horizonte y unos principios y que aún pueden sernos útiles en algún sentido, previamente adaptadas. La parte más sentimental de este escrito y los métodos que estoy siguiendo para redescubrir mi tierra y mi persona, seguramente no serán compartidos ni filosóficamente ni pragmáticamente por la mayoría ( o totalidad) de los que me leáis en este espacio. Igualmente, deseaba que quedaran recogidos a modo de registro para revisarlos en algún momento.
Para concluir, os dejo con un poema escrito mediante imbas durante la luna nueva, atendiendo los sonidos del crepúsculo:
OCASO
En el páramo, al caer el sol,
se sienten las voces de los muertos;
a lo lejos, sólo un susurro:
es la sombra de los tiempos.
La lira y el arpa callan,
contenidas por la fuerza,
sin una mano que acaricie
las leyendas de sus cuerdas.
Nadie, ni hombres ni bestias,
(ya nadie) recuerda el canto de la que es madre
también mujer y guerrera;
la más antigua entre todas;
la que nutre, cuida y vela;
aquella que nunca cayó
a pesar de las fieras tormentas.
No hay recuerdo de la sangre,
no hay memoria ya en las piedras,
la tierra, una vez nuestra,
(es) prostituta en decadencia
ajada y deshonrada por mentiras
vendidas en cofres turquesa.
Conciencias adormiladas
sin moral ni resistencia
han pasado a ser esclavas
de flamígeras quimeras.
Sólo unos pocos, en penumbra,
brillan con luz de esperanza,
ajenos a una marea
que ha quebrado muchas almas.
Llamas canela y rama,
suspiros de adolescencia,
vigor joven que mana
con cándida efervescencia.
Crepitad en la forja santa,
cruzad el umbral de esencias,
despojaos de vuestras capas
y clamad por vuestra herencia.
5 comentarios:
Efectivamente, todo està perdiendo sus raíces y buscamos, desesperadamente, recuperarlas o que nos den alguna garantía de saber quién somos, adónde vamos y què hacemos aquí. Que la respuesta pueda estar en el comunismo... y cómo lo adaptas a los tiempos actuales? Cómo reconviertes los gustos de la gente por las discotecas... los bares y paseos ruidosos... y les haces valorar lo lindas y preciosas que son los parajes silenciosos, dónde aún se puede sentir la naturaleza, ver las estrellas o dónde aún se pueden experimentar tormentas de granito?
Es precioso, sobre todo el poema. Espero que en tu próxima visita al cementerio no te granice y que tu investigación tenga sus frutos.
Nos vemos pasado mañana.
Te quiero, mi niña
Es que lo bordas. Que gran escrito, que gran poema. Seguro que este escrito, como muchos de los que nos has regalado tienen sitio en muchas publicaciones.
Pero dejesmos lo material.
Creo que tu camino no ha sido fácil y mucho menos el de retorno. Necesario sí, pero no por ello fácil. Compruebo en el texto que sigues enriqueciendo tu persona (tu espíritu) más aún de lo que estaba y eso me alegra.
Espero que tus pasos te lleven a la paz del reencuentro, a la calma de tu espíritu, pero conociendo lo que te conozco, estoy convencido que nunca descansará ya que buscarás nuevos horizontes, nuevas formas de enriquecerse de los propio, y eso es muy bueno. A muchos les iría mejor si lo hicieran, o quizás no consideren que tengan un pasado, o no lo quieran considerar.
PD: Seguimos en contacto. Ya me dices algo cuando llegues.
Un abrazo.
PD2: Comprate una capa de agua, jejejeje, por lo de las pulmonías.
El olvido, la dejadez, la ignorancia, el egoismo... son los grandes valores de nuestra sociedad; por eso ahora las tierras lloran, gritan y llaman a sus hijos para que se reúnan y recuperen todo lo que una vez se perdió.
Hay una dura tarea por delante...
Y el tiempo pasa y ni el recuerdo nos concede.
Por mucho que se haya perdido en el camino se habrá salvado más que en otros lugares. Por lo menos,en un momento de crisis existentecial puedes acudir a esa cruz en el mapa que marca tus orígenes. Los animales de ciudad no podemos. Delante de nuestro propios atónitos ojos han cambiado las cruces de sitio y ni las montañas ocupan ya el mismo sitio. Es una historia larga pero...
Pero sólo el Alzheimer sería capaz de robarnos los recuerdos y, según dicen, los fantasmas del pasado permanecen.
De cualquier forma me alegra leerte y ver que el depresivo tono del texto anterior a dado lugar a otro lleno de una rabia que indica tu disposición a plantar cara a la vida. Pues que viva la vida.
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