
Todo comenzó el 25 de febrero. Tras el desengaño de unas primeras entrevistas laborales rancias y poco formales, recibí dos llamadas inesperadas: una para ejercer de pedagoga y otra para cubrir una baja de un mes en una guardería privada. La primera oferta, a pesar de resultarme interesante, la acabé desechando por ser de jornada parcial y no proporcionarme un sueldo suficiente para cubrir mis necesidades básicas. Casi sin tiempo para comer, me adentré con prisa en territorios fronterizos de Girona-Salt y finalmente di con un edificio colorido y con un gran patio entre calles sucias, edificios desgastados y locales de diversos colectivos de inmigrantes. – No es muy diferente de Santa Coloma (de Gramenet) y, desde luego, aquí vendrán aquellos que se lo puedan permitir- pensé con un deje de melancolía, recordando con cariño la diversidad de mis antiguos alumnos.
Me recibió una educadora joven y me quedé esperando a la directora en un pasillo lleno de fotos de varios eventos del curso escolar. A los pocos minutos, apareció la susodicha, de avanzada edad, espigada, embutida en un chándal azul marino y con un corte juvenil excesivamente retocado. Me hizo pasar a un despacho minúsculo y trató de romper el hielo con comentarios superficiales pero que tocaban áreas de mi vida personal. Me mostré amable y fui respondiendo, con buena disposición y transparencia a las cuestiones que me iba planteando. En cierto momento de la entrevista, revisó algunos datos de mi currículum y se enteró de mi edad. Su rostro se ensombreció durante unos milisegundos, aunque trató de disimular un miedo latente con una broma sobre lo que había conseguido a mi corta edad y la valentía de adaptarme a una tierra extraña en lugar de volver a casa con mi madre. Le seguí el juego, pero anoté mentalmente sus súbitos cambios de registro no verbales junto al giro hacia una conversación más grave y directa. Poco a poco me la fui llevando a mi terreno y logré que confesara su temor a que una universitaria inteligente aspirara a puestos más elevados en cuanto recibiera una oferta mejor contra la que ella no pudiera competir. Como necesitaba el trabajo y las condiciones me parecieron aceptables, contra-argumenté todos sus peros hasta que logré convencerla de mi valía y fidelidad y me invitó a conocer las instalaciones y a los niños. En qué hora me miraron aquellos ojos vivos y me encandilaron aquellas sonrisas de ilusión y complicidad….
A las 8:30 del día siguiente, regresé con energía para enfrentarme a la prueba definitiva, me enfundé el uniforme y me dirigí a la que pasaría a ser el aula a mi cargo. Entre la directora y las educadoras me fueron explicando el funcionamiento mientras los enanos me iban analizando y probando. En esa misma mañana me aprendí sus nombres y archivé en mi mente un inicio de evaluación psicológica y evolutiva individual de cada uno así como un pequeño perfil sociológico del grupo en cuestión. Por la tarde, quitando a 3 o 4 que aún mantenían sus resistencias ante la novedad y la autoridad, ya me había hecho con el grueso del conjunto: me llamaban por mi nombre, me venían a pedir lo que necesitaban e incluso me buscaban para involucrarme en sus juegos.
Al final de la jornada, acordé con la jefa quedarme otro día de prueba, pues aún no había tenido oportunidad de enfrentarme al contenido ni a las dinámicas más allá de los hábitos básicos, ya que las especialistas de música e inglés habían acudido ese día según calendario. Al día siguiente, teatralizamos el cuento de los tres cerditos y disfruté como una más mezclando literatura, psicomotricidad y artes plásticas. Me percaté de que el grupo tenía muchas posibilidades, educativamente hablando, y que podía atreverme a innovar sin demasiados riesgos. No obstante, lo que me resultó más interesante fue profundizar en el entramado social y en la personalidad de cada niño. Pensé que el paso por aquella guardería podía aportarme una experiencia interesante como tutora, sin demasiada exigencia cognitiva en cuanto a contenidos curriculares y adaptaciones específicas. La directora también se mostró satisfecha con mi trabajo y antes de marcharme me pidió que el lunes llevara los papeles necesarios para formalizar mi plaza, además de pagarme “en negro” los dos días de prueba. Con aquellos primeros euros bajo el brazo y la garantía de permanencia hasta final de curso, me volví a casa con una sonrisa de oreja a oreja.
Sin embargo, aquella misma noche empezó a nublarse aquel camino de rosas entre punzadas en el estómago y vómitos que me dejaron K.O. todo el fin de semana. El lunes, sin nada en el estómago y aún con náuseas, me presenté formalmente a cumplir con mi obligación. Al día siguiente, me vino la regla y me sentía morir, pero seguí al pie del cañón por no dejar solos a los críos. El viernes la situación había empeorado: estaba a 37,5 grados de buena mañana y prácticamente afónica. Los niños se mostraron bastante sensibles a mi situación; aún así, a eso de las 15 h estaba a 38 de fiebre y pedí permiso para ir a mi médico a última hora. El diagnóstico de la doctora fue: “tienes una faringitis de caballo”. Me mandó ibuprofeno, líquido abundante y que me controlara la fiebre. La fiebre no bajó ni alternando ibuprofeno con parcetamol. El domingo, harta de toser, de estar sin voz y tras pasar la noche a más de 39 de fiebre, me fui en taxi a urgencias. Me hicieron pruebas bacteriológicas que salieron negativas y la doctora decretó enfermedad vírica. Cama, líquidos y antitérmicos. Lo único que me dio nuevo fue un jarabe para calmar la tos.
El lunes me desperté con fiebre y me levanté más dolorida que si me hubieran dado una paliza de muerte. Me fui a la médico de cabecera, acompañada de Andreu (que voló desde Mallorca a cuidarme) y, nada más verme entrar me dijo: “ya veo que no estás mejor”. Repitió el mismo paripé, me hizo la baja y puso sobre la mesa un sobrecito con cuatro pastillas: “espero que esto te ayude, no te tomes nada más”. Los días siguientes los pasé zombi en la cama y, aunque seguía con una tos perruna que no me dejaba dormir ni respirar a gusto, logré recuperar algo de voz. El jueves pedí el alta y me fui de nuevo a trabajar. El fin de semana, quitando una comida fuera de casa, permanecí descansando. Ayer acudí a mi labor cotidiana, con cierto malestar, pero al mediodía volvía a vomitar como al principio del proceso y estaba que no me podía mantener en pie. Llamé al trabajo y la jefa, toda borde, después de destacar mis cualidades, me dijo que se pensaría mi regreso a aquella guardería. Desesperada y desconsolada, me eché a llorar, agravando mis crisis de tos y los vómitos.
Me presenté de nuevo en urgencias y le expliqué el calvario al médico. Volvió a reiterar el diagnóstico de la otra profesional que me atendió una semana atrás, pero con un matiz: complicación vírica. Me recetó la misma cantinela y me invitó a pedirle una analítica completa a mi médico de familia. Me encontré ante un dilema existencial: ir a currar para mantener el trabajo con riesgo de contagio y empeoramiento o quedarme sin trabajo pero con salud. Tras una larga deliberación decidí que mi salud era más importante y le pedí a mi madre que llamara al trabajo para decirle que renunciaba. De todas formas, quince días después, sigo sin contrato y eso no denota seriedad precisamente.
Esta misma mañana mi madre me llama para conocer mi situación y me informa de que la directora se ha disculpado por su comportamiento de ayer y que desea que continúe ejerciendo mi labor. Sin poder creerlo, cuelgo el teléfono y me desplomo de nuevo en la cama, alucinada, preguntándome si he abandonado este plano o he regresado a él tras tres años de estar en Marte con una mona. Desde luego, el destino, tiene un sentido del humor muy negro.
¿Cómo acabará este capítulo surrealista de mi vida? Hagan sus apuestas.
5 comentarios:
No me habías contado al escena del no volver. Joder, como se puso la tipa. Supongo que pensó que estaba contratando a alguién para suplir a alguién y que está a su vez tenía que ser suplida.
Por suerte la cordura sobresalió y tú ya está inmunizada de por vida, jeje.
Te envío toda la fuerza que necesites para superar esto. No puedo más que admirarte ante la manera en que afrontas situaciones tan jodidas. Si necesitas cualquier cosa, ya sabes dónde encontrarme. ¡Cuídate!
Espero que poco a poco vayas mejorando. Joder con tu jefa, qué morro le echa. Lo raro es que, como dices que al ver tu edad ya se puso algo a la defensiva, cuando caíste enferma no te soltase un "si lo veía venir, es lo que pasa por confiar en los jóvenes, dos días de trabajo, un finde semana de borrachera y ya piden la baja"... algo así
Recupérate y a ver si yo también hago lo mismo.
Besos contagiosos
jajaja...
primero espero que te mejores, y después que resulte que la directora no es tan borde como parece y tengas un año de trabajo agradable.
Seguro que los niños lo pasarán bien contigo.
Una abraçada.
¡Vaya panorama! Yo creo que la gente de cierta valía como tú han de encontrar su sitio tarde o temprano y creo que ese no será el que te lleve de la mano hacia el futuro. Con una jefa de tal calaña no se puede esperar nada bueno, pues ya se ve que va con trampas y cambios incongruentes. Seguro que el destino te depara algo grande, no desesperes y cuida esa salud, fundamental para seguir currando. Besos y cuidate mucho.
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