En la oscuridad pre-invernal los ánimos empiezan a decaer igual que lo han hecho antes las hojas de los árboles. Como la tierra, parece que también se apodera de nosotros un sueño estacional que va minando nuestras fuerzas para enfrentarnos al ajetreo diario, cuya carga se duplica por esa obligación social de contagiarnos del “espíritu navideño”. Su llegada implica que debemos ponerle buena cara a todo el mundo y participar de una serie de rituales de los cuales no sabemos demasiado o directamente no queremos saber. Respeto totalmente tanto a la gente que se implica, bien sea por razón de religión, convicción humanista, ilusión infantil e incluso por consumismo egocentrista y aspiraciones hedonistas, como a la que no puede o quiere por motivos ideológicos, espirituales, morales, éticos o emocionales. No obstante, quisiera dedicar este escrito a aquellas personas que se ven constreñidas por costumbres y cánones sociales, siéndoles vetado el derecho a la intimidad, a la melancolía, al llanto o a mostrar su diversidad como algo positivo de lo que se puede aprender. Por otro lado, aunque pueda parecer contradictorio, quisiera hacer un pequeño manifiesto a favor de las tradiciones como un mecanismo de cohesión social y de promoción del bienestar, siempre y cuando sea algo pactado por las partes implicadas y aporte algo a nivel personal, a pesar de que la vida no siempre nos permite gozar de momentos pensados para ser un poco más felices.
Durante estas fechas, al volver al hogar y comprobar que a mi abuela le han salido unas cuantas arrugas más, pienso a menudo en esos ancianos olvidados en un rincón de una vieja casa o recluidos en una institución, esperando la calidez de una sonrisa o un abrazo familiar. Parece que el pasado se haya convertido en un trasto viejo que ha de pasar desapercibido de modo que no pueda recordarnos los errores cometidos, llevándose por delante cantidad de sucesos clave, de aprendizajes humanos y de vidas que han nutrido gran parte de nuestro presente y un pedazo de nuestro futuro. En la memoria histórica, más aún en la de nuestra rama, reside una carga afectiva mayor que la que podemos soportar en esta sociedad líquida. Nos abruma el poder tiempo, de la unión tribal y la lucidez de mentes apenas cultivadas y no sabemos agradecer la lucha de las generaciones pasadas: nos empeñamos en superar sus logros y sólo nos alimentamos de antiguas glorias cuando nos conviene presentarnos ante un determinado público. Por si no fuera poco, eludimos el peso de nuestros actos, enterrando o disimulando como sea la vergüenza y la culpa que en el fondo nos provoca tal ofensa contra nuestra sangre.
Por este motivo, siento verdadera admiración por las culturas que organizan la vida social y la educación de manera más comunitaria, valorando y aprovechando las habilidades de los diferentes miembros, aunque sean pequeñas, de cara a enriquecer el crecimiento del grupo. La experiencia, tan codiciada, reconocida y venerada desde hace miles de años, ¿a qué ha quedado reducida en Occidente? A valores considerados caducos y objetos de decoración profanos. Me refiero concretamente a cuatro símbolos típicos de estas fechas: el árbol, las velas, las coronas y los troncos (o el “caga tió” en la versión catalana).
El pino o abeto era un árbol sagrado para celtas y escandinavos, relacionado con el culto a los ancestros. Se iluminaba con velas para invocar su presencia, atraer su protección y la prosperidad. Las velas o el fuego representaban la esperanza en el renacimiento del sol, el cual era fuente de fertilidad para los cultivos del nuevo año. Las coronas decoradas se siguen utilizando aún hoy día para festejar la llamada “Noche de las Madres” en Escandinavia, noche reservada a recordar a las antepasadas por ser las perpetuadotas y protectoras de la familia. Por último, los troncos eran la casa simbólica de los ancestros y el hecho de apalearlos durante el solsticio de invierno, tal como se hace con el actual “caga tió”, era una costumbre con una finalidad de homenaje, protección y ayuda física y espiritual para sobrevivir al invierno y la hambruna. Además de esto, las ofrendas eran habituales, más durante estas fechas.
Cuesta creer que los antepasados y los mayores tuvieran tanta relevancia teniendo en cuenta lo poco que pintan hoy día, ¿verdad?
Por otro lado, las comidas y cenas, tenían un significado de acuerdo al ciclo natural y , sin duda, eran mucho más apreciadas, porque traían disfrute gastronómico y emocional consigo en un momento en que se necesitaba calor y cariño más que nunca. Se era tan consciente de esto y de lo difícil que era sobrevivir al invierno ,en condiciones mucho menos propicias que las actuales, que nadie osaba dejar a la intemperie a alguien por desconocido, pobre o desamparado socialmente que fuera. Si una mujer encontraba a un viajero o un mendigo en la puerta de su casa pidiendo auxilio, le prestaba su chimenea, le ofrecía un baño caliente, comida y licor. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a hacer lo mismo, creyendo o no en la caridad cristiana o en la supuesta igualdad de derechos? ¿Hasta cuándo vamos a seguir con esa cultura de la queja, de la envidia y la insolidaridad, sabiendo que millones de personas mueren de hambre, de sed, de enfermedad o a causa de conflictos que hemos alimentado los países desarrollados?
Supongo que no cesará ni será posible otra realidad hasta que aprendamos a tolerarnos y a convivir con una cierta dosis de diferencia en nuestras casas, en nuestros barrios, en nuestros pueblos o ciudades. Tenemos que reinventar tradiciones dinámicas, menos superficiales, que se ajusten a nuestras necesidades personales y sociales en un sentido global, que permitan experimentar qué es compartir con la única meta de sentirnos capaces de hacer feliz a los demás, de superarnos en cuanto a destrezas se refiere y así crear otro tipo de sociedad y socialización menos divisora. Convirtamos las tradiciones invernales en un principio de un proyecto común sostenible y no en inicios reiterativos de buenas intenciones sin ningún fin efectivo.
¡Feliz año nuevo!
Incubus- "Love hurts"
5 comentarios:
¡Feliz Año!
Tu texto acapara un millón de puntos en los que me hubiera gustado que profudizaras un poco más, pero por desgracia hubieras terminado en un texto para felicitar 2009, 2010, 2012... y hasta la próxima crisis.
No me gustaría dejar el comentario sin llamar la atención sobre un punto que, a mí me afecta sobremanera.
Desde el 21 de Junio, los días son cada vez más cortos. Mientras dura el calor veraniego y la insolación aún es larga, el problema no es importante. Pero en el momento en que se realiza el cambio horario, empiezan las depresiones invernales. En los países nórdicos, donde la noche puede durar días, conocen muy bien el problema. Bajan las endorfinas y necesitamos de un mayor aporte de hidratos de carbono y grasas, no ya para nuestro sustento, sino para conservar nuestro nivel emocional. Es en estas fechas cuando se manifiestan las adicciones al azúcar. Un dato que confirma esto es el consumo de chocolate por persona que, en España es 5 veces superior a Brasil y en Noruega 10 veces superior a España. También se consume el 80% de ese chocolate entre Noviembre y Abril.
Con estos datos, desde mi punto de vista, la Navidad, y las fiestas que hubieran antes de la cristiandad, nacen como una necesidad de nuestro organismo para superar la oscuridad del invierno. Sin duda, son unas fiestas más marcadas cuanto más nos acercamos al polo Norte (de ahí la orientación de Santa Claus) con días más largos. La solución: rodearnos de cariño, dulces, comidas copiosas y grasientas... y ejercitar nuestras sonrisas, porque de lo contrario nos hundimos en la depresión invernal. Por desgracia, nuestra sociedad actual que le pone precio a todo, lo ha inmersionado en una vorágine consumista que ha cambiado la sonrisa por el mal genio de la adrenalina y absurdidad de las multitudes.
Volviendo a tu texto... me ha dado mucho que pensar, que, sin lugar a dudas, era lo que pretendías, así que es un muy buen texto y que, insisto, da para todo un libro.
Feliz año para tí también; te deseo lo mejor para este nuevo año.
De este artículo podría surgir un debate profundo y muy interesante, así que mejor resumo.
Realmente muy pocos conocen la verdad escondida tras este negocio llamado navidad. Sin embargo, y a pesar de tanta farsa, si al menos sirve para que las personas (algunas) se sientan más humanitarias y den más importancia a los sentimientos, pues bienvenido sea todo. Lástima que el resto del año se olviden todas esas buenas intenciones.
Buscar la raíces en casi todas las cuestiones con las que convivimos es positivo, y estoy seguro que buscando las raíces de estas fiestas serían entendidas en un contexto más amplio.
No llego al punto tuyo, ni al de Vicente para poder proponer o argumentar cosas, pero creo que desde hace muchos años la Navidad ha sido usurpada por unos cuantos en su beneficio.
Hasta las uvas que nadie o casi nadie se quiere perder no es una tradición es una invención comercial de tan sólo 100 años. ¿Cómo se puede llamar tradición de un país a un acción que tan sólo lleva 100 años entre nosotros? El "pa amb tomaquet" (aunque árabe) si que es una buena tradición.
La felicitación final parece que venga con ironía (aunque no sea así :P).
La gente ya no sabe ni por qué celebra las cosas. Apremia más el aparentar y hacer un paréntesis en el trabajo que pensar en el motivo por el que se hacen las fiestas. En este mundo moderno no tienen lugar las viejas tradiciones, la humanidad va demasiado acelerada... hacia ninguna parte.
A ver si los mayas tenían finalmente razón, y cuando se acabe su calendario (23 de diciembre de 2012) el mundo pega un frenazo de los gordos. Entonces los fashion víctims se preguntarán "uy, siento un gran vacío entre mis pulmones, y ya no hay tiendas ¿cómo lo lleno?". En ese momento, las tradiciones básicas del hombre sí que tendrían una oportunidad de renacer a gran escala:)
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