viernes, 12 de diciembre de 2008

Encrucijadas: encuentros y desencuentros

En la literatura, en la filosofía, en el esoterismo y en el saber popular, entre otros, se utilizan una serie de metáforas o símbolos para acercar el misterio de la vida: ríos con sus afluentes; telas con sus hilos; materia que se va forjando con un torno o el calor del fuego; libros que vienen en blanco, medio escritos o completos; teatros con un guión o un boceto de guión en el que uno es el protagonista, interpretando un determinado papel; un camino con sus encrucijadas y sus senderos, representando decisiones con sus consecuentes cambios. Todos ellos/as hacen referencia a dos percepciones sobre la existencia: su devenir a través de un conjunto de retazos interconectados de espacio-tiempo y la incertidumbre que suponen las transiciones dentro de una globalidad con significado que escapa a nuestros sentidos y comprensión. No obstante, esa coherencia que atisbamos y sólo llegamos a vislumbrar con nuestro último aliento, recibe interpretaciones diversas, dependiendo del sentimiento o necesidad de control y poder de decisión ante los imprevistos:libre albedrío; azar; causa-consecuencia; sistema en red; ciclos naturales; karma; destino; predestinación o misión.

A mi entender, todas las enfoques tienen su razón de ser, pero yo me quedo con la del camino y las encrucijadas porque posee aplicaciones concretas en un nivel mundano y, además, resulta muy espiritual si tenemos en cuenta su pasado místico.

En la antigua cosmovisión grecolatina y de otros pueblos paganos como los nórdicos, la tierra era un plano intermedio, material y perecedero; el cielo se constituía como un reino superior poblado por entidades divinas y poderes estelares; mientras el agua y lo que hay bajo de ella representaba las regiones inferiores o lo que comúnmente se conoce como inframundo. Paralelamente, si exploramos la mitología de corte indoeuropeo, observamos que muchas diosas son contempladas en tríadas o arquetipos con tres rostros: Diana-Hécate-Perséfone; Brigit-Dana-Ceridwen ; Freyja-Frigga-Hella;Cloto-Láquesis-Átropos; Badb-Macha-Morrigan;Urd-Verdandi-Skuld, etc Dentro de estas tríadas se mantiene un patrón de Doncella o Joven, Madre, Anciana-Diosa de la Muerte. Incluso en una misma diosa pueden verse las tres caras, asociadas a símbolos, atributos, animales o momentos diferentes. A pesar de que estas conexiones son menos comunes entre dioses masculinos, existen algunos ejemplos como el de Lugh-Dagda-Bilé o la representación triple de Odín como guerrero-padre-anciano chamán.

Lo fácil es pensar que la mitología pretendía ser una mera explicación de cuestiones vitales y una agrupación de modelos de comportamiento, útiles en una época en que la ciencia era “precaria”. Lo pongo entre comillas porque ya me gustaría saber a mí que haríamos sin eso que llamamos ácido acetilsalicílico, que fue un descubrimiento de los druidas, o sin esos primeros calendarios astronómicos, que demostraban un conocimiento matemático bastante superior al que poseo yo a día de hoy. Las pruebas arqueológicas analizadas desde el contexto socio-histórico y cultural nos ofrecen evidencias de que nuestros antepasados tenían bien poco de bárbaros. ¿Entonces? ¿Por qué necesitaban “inventarse” leyendas? ¿Para homogeneizar y controlar a una sociedad más ignorante? Entre las tribus celtas esto no acaba de cuadrar pues poseían una sociedad bastante igualitaria en cuanto a derechos y deberes hasta que abolieron las leyes de Brehon (consultar web de la Sociedad Cultural Irlandesa del Área de la Ciudad Jardín). En otras sociedades menos igualitarias resulta, como poco, reduccionista, además de inconsistente, pues los seres humanos somos bastante más complejos. Precisamente en esa complejidad, en ese algo más fruto de la fusión de la evolución filogenética, ontogenética y cultural, radica la respuesta. Lo miremos por donde lo miremos, se nos sigue escapando un elemento esencial: la espiritualidad (que no la religión, que pueden ser dos cosas radicalmente diferentes). Hablo de una espiritualidad conectada a lo mundano, a nuestra tierra, pero que iba más allá de nuestros sentidos, hacia los límites de nuestra intuición y conocimientos. Esa esencia “mágica” nos ayudaba a entender que los humanos, al igual que los dioses, arquetipos del ciclo natural,pasamos por etapas, nos enfrentamos a pruebas, adquirimos nuevos atributos y caminamos, entre encrucijadas (nuestros puntos de iniciación y de cambio) hacia la sabiduría y un estado cualitativamente diferente que no es un final, sino un nuevo principio: la muerte. De hecho, cada encrucijada nos enfrenta a la oscuridad de la incertidumbre, igual de opaca que la ese inframundo que tanto tememos. Empero, no somos conscientes de que nunca deambulamos solos: la luna nos acompaña. Ella es esa diosa con tres rostros visibles y uno oculto, no ausente o inexistente; ella es el nacimiento, la juventud, la madurez, la vejez y la muerte; ella es el reflejo primigenio de nuestro devenir, una de las marcas visibles del paso del tiempo; ella es nuestro candil en la reflexión ante las duras decisiones; nuestro refugio tras las errores; ella es la esperanza para volver a levantarnos.


Ayer, melancólica, me asomé a la ventana, alcé los ojos al cielo y la volví a encontrar, como en tantos otros momentos cruciales de mi vida. Entre lágrimas le susurré: “ayúdame, no puedo con estos encuentros y desencuentros que me está tocando atravesar”. Me pareció que sonreía con ternura y le empecé a relatar mis últimas andanzas como en una carta:

“Abuela Luna,

¿Qué hay de nuevo en el cielo? El mes anterior no te saludé, no me sentía con fuerzas, lo siento. He pasado por unas semanas de reflexión ermitaña. No sé a qué tierra pertenezco, hacia dónde debo ir ni en quién debo confiar para que me acompañe por este sendero irregular.

La semana pasada me reencontré con el que yo creía que era un amigo, o que estaba en categoría de llegar a serlo, pero no fue agradable. Me ofreció un reflejo de mí que no se ajusta para nada a lo que soy ahora. Me mostró a esa adolescente confundida y rebelde que yo era, que necesitaba camuflarse bajo ropas oscuras y dureza de metal para no ser dañada, para resaltar su identidad en desarrollo. Hizo revivir en mí esos antiguos estereotipos que detestaba, que tan amargamente criticaba y rechazaba por esa incomprensión de fondo que notaba en ellos y que alimentaba una existencial dual, con un rostro verdadero condenado a las sombras. Algo en mí estalló con violencia cuando traté de hacerle entender la existencia de otras experiencias, del valor de la adaptación y él se refugió en su libertad de expresión. Sentí que atacaba metafóricamente a esos niños a los que trato de hacer sentir válidos cada día y, de rebote, que infravaloraba mi trabajo por someterme a unos mínimos de convivencia común, aunque ello suponga sacrificar una parte de mi individualismo. Imbuidos en una lucha de argumentos y contra-argumentos, toque uno de sus puntos débiles y el paisaje se tiñó de reproches y defensas violentas. Entonces no entendí nada. Ahora quizás comprendo demasiado. El círculo se va cerrando cada vez más. ¿Me he vuelto demasiado inaccesible, tremendamente selectiva o excesivamente fóbica a cierto tipo de relaciones humanas? La cuestión es que las personas significativas de mi presente caben entre los dedos de mis manos. La mayoría, se han ganado su puesto de oro en silencio: han sabido estar ahí en el momento adecuado, sin hacer promesas que no pueden cumplir, sin formular demasiadas preguntas, sin esperar nada a cambio. Algunos aparecieron cuando ya no esperaba a nadie más.

Una de esas sorpresas inesperadas llegó tras el sinsabor de la decepción del hecho que te he explicado. Me encontré a un anciano francés en el tren que llamó mi atención porque leía con interés un diccionario francés-español, con un inusual brillo en los ojos. Recibió una llamada de alguien a quien le comentaba cosas sobre una operación en el cerebro y lo magníficos que eran los avances técnicos en medicina. Al poco de colgar, me pidió amablemente en un popurri de francés, español y catalán que le guardara sus pertenencias mientras iba al lavabo. Con una sonrisa le contesté:

-Je comprend le français. Vous pouvez marcher tranquille.

El buen hombre despejó la bruma de su mirada oceánica y me devolvió la sonrisa agradecido. Al regresar a su asiento, me reiteró su agradecimiento y me preguntó dónde había aprendido el francés. A partir de ahí comenzamos a filosofar sobre las posibilidades intelectuales y emocionales de las lenguas, así como sus dificultades y limitaciones. A raíz de aquel debate, entramos en cuestiones más personales. Me relató que llevaba 5 años de residente en Cataluña por su mujer, que estaba ingresada en el Hospital Clínico de Barcelona, ya que la habían intervenido dos veces por un tumor maligno. Hizo referencia entonces a la llamada y durante un rato hablamos de sus ansiedades y de sus esperanzas en relación al buen hacer de los profesionales con sus modernas tecnologías en microcirugía. Como me veía tan puesta en ciertas cuestiones del cerebro humano, se interesó por mi profesión y entonces yo le conté que era psicóloga, qué me había traído a Cataluña y mis circunstancias actuales. Él quedó asombrado de mi forma de hablar y me preguntó la edad. Sonrío al enterarse porque tenía una hija pequeña dos años mayor que yo. También me habló de ellas, de su pasado estudiando en la escuela francesa, de su padre que era agricultor y contrató a los primeros árabes inmigrantes (de los cuales él aprendió el árabe), de su abuelo que había ido a la guerra y de su bisabuelo que era valenciano. A pesar de los obstáculos que le había tocado vivir, había sacado provecho de cada fragmento de su experiencia. Me encontraba frente a un hombre optimista, que disfrutaba de cada encrucijada, como el héroe que se enfrenta a retos más allá de los límites mortales. Me dije para mis adentros: “ojala hubiera más hombres así fuera de literatura” (ya que me recordó al Evaristo de la historia de Bolzano). Su despedida afianzó ese sentimiento, pues con una naturalidad y una elegancia sin igual pronunció con dulzura: “Gracias por la conversación. Ha sido un regalo del destino. Que tengas suerte. Adieu”. Le devolví el gesto dándole ánimos y deseándole lo mejor para su esposa.

Deseé creer que aquel encuentro era una señal, una pequeña luz entre las tinieblas y que esa suerte que tanto necesito, aunque me rehuya, volverá como recompensa al esfuerzo.Tú sabes mejor que nadie que, cada cosa que se sacrifica, renace bajo otro aspecto. Vela por mí para que así sea.”



Canción: Scarlet´s walk / Compositora e intérprete: Tori Amos

lunes, 1 de diciembre de 2008

Ikiru (Vivir)


¿Qué harías si fueras un entregado padre de familia, viudo, jefe de una sección administrativa en la cual llevas 30 años cumpliendo con rectitud y te enteraras de que padeces un cáncer que te quitará la vida en 6 meses? En base a esta trama principal que aborda la adaptación y la supervivencia ante la enfermedad y la muerte, el maestro Akira Kurosawa desarrolla una profunda y emotiva narración visual, ambientada en el Japón de los años 50.

Además de presentar un recorrido por los principales conflictos existenciales del ser humano, reactivados por la ansiedad de un devenir constituido por el deber y la colectividad que no ha conocido el individualismo ni el hedonismo, el cineasta asiático realiza una inteligente crítica a la estructura, roles, funciones, normas y valores de diversos grupos sociales y organismos gubernamentales de la época.

La buena organización de los ejes de acción con sus cuidados enlaces espacio-temporales, la sobriedad (sin olvidar la variedad) conseguida a partir del equilibrio de elementos en continuo contraste y la excelente caracterización e interpretación de los personajes, son, sin duda, factores que aportan calidad al film. No obstante, lo que conquista al espectador es la tremenda sensibilidad de Kurosawa para captar lo trascendental de nuestra especie, nuestra verdadera esencia como animales complejos y sociales, así como nuestra meta en este mundo: el descubrimiento de la felicidad que se oculta en las pequeñas cosas, en cada gesto sincero y altruista. De ahí que Ikiru siga siendo hoy día una película actual, pero con el sabor y la elegancia de los grandes clásicos en blanco y negro.

Sin embargo, hay dos aspectos que pueden hacer peligrar el conjunto de enseñanzas que ofrece este largometraje: su ritmo pausado y la tensión psicológica y el misterio del lenguaje no verbal al que tan poco acostumbrados estamos los occidentales. Alguien que busque un mero entretenimiento, sin ningún tipo de exigencia cognitiva, seguramente encontrará pesada esta obra; aquel que desee enriquecerse mental y emocionalmente, dará con un filón y un motor alternativo para impulsar debates fuera de la pantalla.