Las mujeres (algunas más que otras) tenemos una tendencia obsesiva a buscarnos al típico tío guapo, que va de duro, rompiendo corazones a diestro y siniestro. Pensamos que su comportamiento, así como su look trasgresor, forma parte de una máscara que lo protege de los sentimientos incontrolados de los demás, aunque en realidad lo guarda de los sentimientos que él no es capaz de controlar, que teme porque conllevan una responsabilidad. El caso es que, ante el reto, nos motivamos, nos auto-convencemos de que en algún momento la máscara se romperá y el susodicho nos dejará disfrutar de ese chico sensible que guarda en su interior, víctima de un pasado desastroso a nivel afectivo. Nos creemos esa excepción a la regla, pero nos acabamos dando de morros con la dura realidad de que el tipo en cuestión, directamente no es ni persona. Sólo un maniquí vacío de todo sentimiento, moral o consideración, únicamente capaz de mantener relaciones objetales y pasajeras. Igual que un niño caprichoso, su razón de vivir radica en conseguir a cualquier precio (y cuanto antes) el juguete que momentáneamente le atrae, pero que pronto abandonará por aburrimiento, pues necesita otro más atractivo, que despierte sus sentidos y le haga volar. Lástima que el cabrón (con perdón a los machos de las cabras), tiene suerte y no le pasa como a Ícaro, que acaba experimentando su propia caída por exceder ciertos límites impuestos por la naturaleza. Somos nosotras las que sufrimos las consecuencias…de nuestra propia estupidez. Y quien diga lo contrario, es que no ha meditado su implicación en el asunto.
Pero bueno, dicen que de los errores se aprende. La experiencia, gran maestra, poco a poco calibra nuestras prioridades y nuestros juicios, contribuyendo a que empecemos a mirar a los tímidos de rincón con intereses intelectuales, o a ese amigo honrado, humilde y paciente que siempre te escucha pero jamás te dirá lo mucho que significas para él por miedo a jugarse todo en una carta.
Un buen día, un café, una sonrisa, una mirada sincera y una interesante conversación rompen toda expectativa y orden establecido. Te das cuenta de que debajo de las piedras, se esconden los misterios más profundos y los tesoros más deseables. A ese primer café, le sigue una cena, un paseo nocturno, otra cena, más paseos, una noche de filosofía de vida bajo la luna llena y una sucesión de momentos no menos mágicos que aquella primera chispa que saltó de la nada. Incluso en ocasiones menos favorables, en las que emergen miedos, discrepancias y alguna regañina, consigues sacar un aprendizaje y ahondar en esos secretos que todo ser humano lleva dentro. En el fondo, creo que el amor consiste realmente en eso, en evolucionar juntos con nuestras luces y sombras, especialmente con nuestras sombras. Las claves del éxito en la misión amorosa son sencillas y, al mismo tiempo, complejas: respeto, sinceridad, kilos de comunicación y grandes dosis de comprensión y afecto.

http://es.youtube.com/watch?v=Yn-H--xgdH8&feature=related
2 comentarios:
La verdad es que no entiendo es imán que ejercen ciertos tipos sobre las mujeres. Tu texto me ha ayudado un poco a entenderlo.
Me ha gustado mucho lo de Ícaro y sobre todo el final. Como gran "bruja" del amor das la receta de la pócima secreta, ¿o quizás no tan secreta? (lo digo por lo de la atracción fatal).
Saludos.
PD: Que dure la inspiración.
Suerte hoy en la interview, cariño. A ver qué te dice la jefa. Espero que te trate bien, o me veré obligado a coger otro avión y el taladro otra vez, pero en esta ocasión no para clavar estanterías precisamente... ;)
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