lunes, 13 de octubre de 2008

Comienzos


El fin de curso pasado fue el peor de toda mi vida académica, con diferencia. Si alguien me hubiera dicho que sería capaz de hacer mis prácticas, un master y un cursillo de antropología social al mismo tiempo, me hubiera reído pensando que era una broma. Pero fue así. Atribuyámoslo a un complejo de autosuficiencia y perfeccionismo extremos, a una fuerte tendencia masoquista o, simplemente, a esos genes norteños que activan en mí una vena pro-baserri (o lo que es lo mismo, una tendencia a ser una bestia parda), la cuestión es que atenté contra cualquier límite humano, provocando daños colaterales en cuerpo y mente, que necesitaron de todo un verano para curar.

Tras meditar sobre lo acontecido y hacerme consciente de que aquel estilo de vida había empezado a activar un proceso de autodestrucción moral, me juré que nunca más antepondría mi persona y el disfrute de las pequeñas cosas a la deseabilidad social de nadie ni al éxito académico-profesional. Como todo lo que prometo, lo cumplo tarde o temprano, me dispuse a asegurar los medios para hacer realidad lo dicho: abandoné Barcelona (cortando con todo un pasado de entrega y sinsabores), acabé la memoria de final de carrera (un tochito de 150 páginas), me saqué el teórico de conducir y me puse a estudiar catalán para presentarme a un examen de nivel. Durante el mes de agosto estuve buscando piso en Girona, desplazándome allí la última semana con intención de ver los pisos que me habían gustado presencialmente. Tras horas y horas pateándome la ciudad, soportando protocolos y caras hipócritas de promotores inmobiliarios, di con un piso a mi medida, aunque no tanto para mi bolsillo. No obstante, pienso que es un buen piso para comenzar a tener una vida independiente pues, aparte de estar bien situado, me proporciona la oportunidad de estar un poquito más cerca del “campo”, sin renunciar a las comodidades de la ciudad.

A partir de ahí, mi nueva vida en Girona ha estado protagonizada por el Señor Papel y la Señora Burocracia con toda su prole al completo: aval, contrato, recibo, cheque bancario, póliza de seguros, registro, documento de empadronamiento, certificado, documento de la seguridad social, cartilla sanitaria, resguardo, inscripción, matrícula, formalización, fotocopia, folleto, plantilla, carnet de la biblioteca, y un largo etcétera. La temporalización: un mes entero para reorganizar un cambio de vivienda, con todo lo que ello implica; la cuantía, mejor ni mencionarla, porque aún me trae dolores de cabeza pensar en lo que ha bajado la cartilla y en los gastos que aún preveo tener. Para colmo, mis horarios, que incluyen tanto un contrato pordiosero en un Centro de Desarrollo Infantil y Atención Precoz (CDIAP) como la meta de lograr obtener el nivel C para fin de curso, me impiden que pueda dedicarme a la docencia en mis horas libres. A pesar de que no me hace gracia verme envuelta en una serie de circunstancias que no puedo controlar, en el fondo creo que es bueno que sea así de cara a reaprender a ser yo, no siguiendo el ritmo que marquen los demás, sino el que me dicte mi corazón.

2 comentarios:

Andreu Romero dijo...

Es muy buena idea. No hay que dejar que los demás nos toquen los borbones, que ya es suficiente que lo haga la vida misma.
Siempre te he dicho que en tu campo nunca faltarán "clientes" (cada día hay más problemas mentales y sociales), así que es cuestión de tener un poquito de paciencia ;)
Paciencia con Mongo Planet.

Bolzano dijo...

Aunque ya te la dí personalmente, te vuelvo a dar la bienvenida a Girona, mi casa, tu casa desde hace unas semanas.
Da gusto leerte; desde el corazón se dicen muchas cosas, pero cuando el corazón se junta con la razón todo es mucho más fluido.