Comencé en grado de aprendiz idealista, con toda la motivación y la rebeldía propia de una adolescente, con la teoría bien aprendida bajo el brazo. Día a día, mi fervoroso discurso fue menguando al verse confrontado a preguntas y situaciones no contempladas por esos manuales poderosos que parecían contener todas las respuestas. Aprendí el arte de observar en silencio, de esperar, de mirar al alma del otro exponiéndome a su visión, a su atribución, al mismo juicio que me permitiera hacer sobre él/ella. Y allí, dentro de un margen prohibido por los grandes expertos llamado implicación, apareció la chispa y la magia. Pude verme a través de los ojos de diferentes seres y acceder a los rincones íntimos de la humanidad, intercambiándome los zapatos con otros viajeros que, como yo, también buscaban sus propias respuestas y su propio espacio de felicidad y realización personal.
En momentos de lluvia, hubo paraguas de colores que me protegieron, que tendieron sus manos hacia mí, que me dieron consejo. Entendí que la autosuficiencia era sólo una ilusión, una protección imaginaria, fácil de ser quebrada. No obstante, la guerrera que hay en mí, antes de descubrir y asumir sus límites, exploró habilidades que se fueron consolidando en la lucha. Entre otras, que la palabra no siempre es el arma más potente y más apropiada. Así el mito cayó y tuve que esforzarme en construir nuevos senderos. El collage, resultó ser mucho más amplio y diverso de lo que imaginaba. Comunidad, cultura y familia entraron a formar parte de un vocabulario renovado, tanto para lo bueno como lo malo.
En mis viajes propiciados por el bagaje que cada individuo llevaba consigo, llegué hasta China y a las raíces de otra tradición de 500 años de antigüedad arraigada en nuestro país. Tabús y barreras aparentemente imposibles de ser rotos cayeron ante mí, abandonada la suciedad del prejuicio, y fui sumando aliados. Durante mi convivencia con diversos pueblos fui un caballo mongol, una aventurera griega, un ama de cría, cocinera, sirvienta, un refugio, un pañuelo multicolor, una cuenta-cuentos, una trovadora, una pintora, una arquitecta de torres y palacios, la sabia de la tribu y musa.
Acabada mi ruta y misión, mis roles se fudieron en uno: el de psicóloga. Sin sombrillas ni manos amigas, me alcé en soledad y caminé hacia la puerta de salida de mi "paradiso perduto". Contuve las lágrimas como pude, con los puños cerrados para no aferrarme a algo que en realidad nunca había sido mío. Eché a andar, melancólica, pero sin mostrar debilidad. Al segundo paso, una sombra veloz se cruzó en mi camino, mirándome desde su aparente simplicidad, con sus ojillos oscuros y almendrados, bañados en luz y viento. Era la princesa Qian-Yi, la cual, con los brazos abiertos, me cerraba el paso con las siguientes palabras: "No puedes pasar...¡no puedes pasar!" En su mensaje, a pesar de todo, no había reproches, rabia ni enfado, sólo un deseo sutil que invitaba susurrando: "quédate, quédate un poco más...para jugar conmigo".

Os dejo aún sumergidos/as en este pedacito de mi vida, acompañados por la siguiente canción:
http://www.youtube.com/watch?v=Bta2yv2gw2w
2 comentarios:
Cómo se nota cuando algo se escribe desde el alma. A los hacedores de best-sellers, tan falsos y plastificados, ya pueden ir sodomizándolos con bombonas de butano, que jamás conseguirán mediante sus polvorientos métodos prefabricados la esencia de la literatura de verdad (aunque en este caso sé que se basa totalmente en la realidad, tanto mejor).
En cuanto sepa que tienes tiempo libre (ahora es imposible), te voy a dar de latigazos (con mi látigo especial ^^) para que te dediques más a las letras fuera de lo académico... :3 Nankurunaisa.
Cómo son los críos... la vida es un aprendizaje continúo en el que es alentador pensar que pueden haber momentos como estos. Supongo que sería fácil dejar paso a las lágrimas en una despedida así. Y ese "no puedes pasar" dicho desde la inocencia de un sentimiento puro. Sabes que siempre estará en tu corazón cuando necesites encontrarlo.
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