Mi parada en Blanes es la única etapa del viaje planeada, con la intención de visitar fugazmente a un amigo ya que me desplazo hacia su zona. Sin embargo, todo lo demás es pura improvisación. La necesidad de contemplar el mar es lo que me arrastra, al igual que respirar otro aire, poder pensar en todo y en nada en un lugar diferente que sepa acogerte en silencio, sin preguntas ni reproches. Mi intuición me guía para coger a tiempo el tren que sale desde Plaza Catalunya, aprovechando un retraso curiosamente casual. La primera parte del trayecto es incómoda y monótona debido a la cantidad de gente que vuelve del trabajo a casa a eso de las 4 y pico de la tarde. Las ancianas, las pasajeras más desagradables.
Un poco más allá de Badalona, consigo hacerme con un asiento, no lejos de la ventana. Justo en ese momento, un rayo de sol comienza a abrirse paso entre las nubes grises; a pesar de todo, las olas estallan turbias en la playa, anunciando una posible tormenta durante la noche. La imagen en sí me resulta simbólica de mi propio estado de ánimo y del ciclo de cambio acelerado que la misma naturaleza advierte. Me pierdo en el ir y venir de las olas, analizando la maraña de sensaciones que se agolpan en mi interior. Las nubes se van apartando progresivamente, haciendo brillar más intensamente una esperanza contagiosa; las aguas también comienzan a equilibrar sus matices en dos franjas bien diferenciadas, delimitando decisiones. No obstante, en el horizonte permanecen resquicios de dudas, melancolía y temores latentes. Cierro los ojos mientras en mi mp4 suenan violines y gaitas, despertando ese espíritu norteño que nunca me abandona, con su fuerza y sus debilidades. Por un momento, me transporto a otras costas capaces de aplacar las sacudidas de la incertidumbre y los sinsabores de la vida diaria. Su brisa suave mece mi figura etérea mientras una voz femenina deja impregnada en mis huesos la esencia de "Black is the colour". Otros timbres y otros mensajes se confunden con el suyo, pero no logran apartarme de la certeza de que existe un puerto para mí. Lanzo un beso al cielo, con una promesa oculta en su huella invisible.
Torno a otras imágenes más nítidas, pero no precisamente más conciliadoras: los bloques de hoteles y la aparente opulencia de algunos pueblos me producen desagrado. No poseen el tipo de identidad que yo acostumbro a respetar y admirar. Por suerte, no tardo en pasar por algunas zonas más montañosas y más verdes. Pronto el tren se desvía hacia el interior, permitiéndome disfrutar de la visión de las montañas que rodean lo que intuyo que se convertirá en mi nuevo hogar. El tramo de campos de cultivo y pequeñas huertas cercanas a Blanes revive recuerdos infantiles y una sensación de familiaridad. Suspiro con una cierta tranquilidad, invadida por un sosiego que creía olvidado al ver que aún queda gente que trabaja los terrenos con sus propias manos. " No todo está perdido", me digo.
Desgraciadamente, lo que sí acabo perdiendo, es el bus que va al centro. Me esperan veinticinco largos minutos estudiando caras, trozos de conversación, despedidas y recibimientos a ritmo de rap callejero, más apropiado al contexto con el cual intento mimetizarme. Miro de reojo los taxis pero mi ya arraigado chip catalán me tiene denegado el malgasto inútil siempre que no se trate de un caso de vida o muerte. Por fin llega el dichoso bus y en unos minutos me planto en pleno centro de operaciones comerciales. Me pierdo entre las calles con sus escaparates buscando una panadería que me inspire apetito y donde pueda encontrar una merienda al gusto de mi amigo. Tonta de mí, acabo en el sitio más pijo y caro de todo el pueblo, de lo cual me entero al llegar al lugar de encuentro. El chip catalán no funciona si interfieren los afectos: una comprobación más de ello.
A veces, más que una amiga o un apoyo, parezco una madre o una hermana.Me cuesta muchísimo renunciar a lo que considero una manera más de demostrar cariño, aunque no sea la más adecuada para según qué personas o determinadas situaciones. Ayer me encontré con una de esas situaciones y no supe hacer efectivas ni mis dotes de conversadora ni las de cómica aficionada para compensar el fracaso de las buenas intenciones. Se impuso la timidez y un exceso de prudencia. Me sentí triste por ello y descubrí que la persona y la psicóloga que hay en mí se encuentra a un nivel menor de perfección del que desearía. Intenté ocultar una preocupación emergente ante la ausencia de esa sonrisa característica que hace tan agradable el trato con ese amigo, pero desconozco si lo conseguí. No estoy precisamente a favor de este tipo de comportamientos; sin embargo, deseaba evitar a toda costa que se sintiera mal o comprometido. Tanto fue así que me fui sin preguntarle cuál era la parada más cercana para coger el bus a la estación de Renfe. En realidad, me fui con demasiadas cosas pendientes.
Como aún era pronto, volví a perderme entre las callejuelas. El paso por diversos establecimientos me suscitó diversas tentanciones de consumo. Eso suele ser una señal de bajón en mi sistema cognitivo, así que me dirigí al Paseo Marítimo. El sabor a sal consiguió detener la ansiedad. Respire profundamente unas cuantas veces y me puse a caminar con los ojos fijos en la oscuridad marina. Las luces artificiales reflejadas sobre sus aguas me interferían. Me enchufé los auriculares para disponer de un estímulo compensatorio. Una banshee aulló en mis tímpanos. En mitad de su lamento, algo me condujo a detenerme. Me giré y observé la estampa de la playa, con las farolas y casas iluminadas a lo lejos: ésta se tiñó de la nostalgia de una vieja visión con un toque místico y fantasmagórico al mismo tiempo. Blanes ya no era Blanes. Era un pueblo más pequeño, ausente de la modernidad y actividad que captaban mis retinas. Bien podría ser cualquier punto de la costa de Irlanda: olía a nostalgia, a historias de ancianas tejiendo redes en las puertas de sus casas. Mis trenzas pelirrojas bien podrían pertenecer a otra, con anhelos e inquietudes diferentes a mí. Se me antojó creer en la posibilidad de la existencia de esa joven y mi mente comenzó a recibir escenas de su vida. Dejé que fluyeran, no tenían que ser escritas. Simplemente disfruté de su compañía.
Mi visión acabó con una nueva canción que me hizo recordar que no podía dejar escapar el último tren. Un tren que supondría una vuelta a las tediosas rutinas diarias.
1 comentarios:
Encontrarás tu sitio de sosiego y calma, no te preocupes. O más bien... ese lugar te encontrará a tí. Estoy seguro my child.
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